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En La Fortuna, agua y bosque se convierten así en aliados terapéuticos que ofrecen nuevas formas de entender el turismo: no como consumo de paisajes, sino como una vivencia regenerativa para cuerpo, mente y espíritu.

Ileana Fernández/Karen Retana

La Fortuna de San Carlos, a los pies del volcán Arenal, se consolida como un destino donde el bienestar trasciende lo convencional y se vive como una experiencia profunda de conexión con la naturaleza. En este entorno privilegiado, el yoga en aguas termales y las inmersiones en bosque sensorial se integran como propuestas transformadoras que combinan movimiento consciente, medicina natural y atención plena.

Una de estas experiencias es el Woga, una disciplina que fusiona el yoga con las propiedades terapéuticas del agua termal. Su nombre surge de la unión de water y yoga, y se practica mediante posturas suaves, respiración consciente y flotabilidad asistida dentro de piscinas de agua templada. Guiada por Karina Rodríguez, de Bienestar Esencial Costa Rica, esta práctica aprovecha la resistencia y el sostén del agua para reducir el impacto en las articulaciones, mejorar la flexibilidad e inducir un estado de relajación profunda. La sesión incorpora además sonido vibracional, donde cuencos tibetanos y otros instrumentos terapéuticos amplifican sus efectos al propagarse a través del agua, regulando el sistema nervioso y liberando tensiones físicas y emocionales.

El cierre de la experiencia se convierte en un ritual sensorial que integra terapia vibracional, aromaterapia y mindfulness. Cuencos tibetanos, campanas de bambú, ocarinas dialogan con el eco del agua y el entorno natural, generando una atmósfera que invita a la introspección. La vibración actúa más allá del sonido audible, penetrando los tejidos del cuerpo y favoreciendo un equilibrio energético integral.

Este trabajo se complementa con el bosque sensorial, donde la inmersión consciente en la selva activa los sentidos y profundiza la experiencia de bienestar. Aromas, sonidos, texturas y luz natural acompañan prácticas suaves de respiración y presencia plena, permitiendo que el visitante no solo observe el bosque, sino que lo sienta.

 

 


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